Repercusiones de la RSE argentina en el mundo

03.11.2011 | Contratapa

ComuicaRSE reproduce en exclusiva una versión en español de la repercusión que tuvo en medios de comunicación de Italia el programa de responsabilidad social de la Organización Techint.


 

La ciudad del acero, milagro argentino
El conglomerado de Campana ha dejado la crisis a sus espaldas:  parte de una realidad que, fuera de Buenos Aires, planea la reactivación.
Buenos Aires.  Cuando, después de la gran crisis del 2001/2002, la economía argentina comenzó a recuperarse, se habló de un simple rebote.  Luego, sin embargo, la reactivación fue confirmada, con índices sostenidos, durante dos años consecutivos (+8,8% en 2003 y + 9% en 2004).
Y la Argentina, a pesar de tantas predicciones pesimistas, continúa avanzando también en estos meses: las estimaciones más prudentes (Banco Central) indican para fin de año el PBI con un aumento del 6,5/7 por ciento.  Y todo esto mientras Buenos Aires ha liquidado la cuestión de los bonos del modo más ventajoso para sí, pero desacreditándose al mismo tiempo a nivel internacional (¿qué multinacional puede pensar en realizar una gran inversión en este país?) y mientras el Gobierno Kirchner lleva adelante una política económica más o menos esquizofrénica, con tonos agresivos hacia las empresas extranjeras locales (véase la invitación a boicotear las estaciones de servicio Shell, después que ese grupo había decidido un aumento del precio de la nafta). Pero entonces, ¿cómo puede continuar la reactivación?  ¿Donde está la Argentina “que funciona”?
Una Argentina que funciona existe.  Son islas de primer mundo, más o menos amplias, que muestran lo que podría ser este país sin las derivas y el clientelismo político de siempre. Es una Argentina a menudo alejada de Buenos Aires: si los años ’90 vieron el protagonismo de la capital, la reactivación posterior a la crisis tuvo comienzo en cambio en la provincia, y allí se está consolidando, gracias al boom de la agricultura y a la recuperación de muchas actividades industriales, favorecidas por un peso débil en comparación con el dólar y el euro.  Muchos economistas y sociólogos argentinos hablan concretamente de una revancha de la provincia.
En la Argentina existe un antes y un después de aquel 20 de diciembre de 2001; para todos y dondequiera.  Hasta en Campana, capital del acero, que se desarrolló alrededor de Siderca, del Grupo Tenaris, el de la familia Rocca.  El fundador, Agostino, puso la primera piedra del establecimiento hace cincuenta años.  Nació una suerte de Ivrea de Adriano Olivetti en versión argentina, con escuelas y casas financiadas por la empresa “mamá”, un modo ilustrado de encarar empresas para algunos, tal vez demasiado paternalista para otros.  Pero esa noche entre el 19 y 20 de diciembre de 2001 fue terrible también aquí, como en todo el país, presa de una revuelta popular, con los supermercados tomados por asalto por los indigentes.  Ocurrió también en el tramo de la Panamericana que va de Buenos Aires a Campana.  César Papalardo, 53 años vividos entre estas casitas, estas avenidas arboladas, no podía dar crédito a sus ojos.  “Fui a ver esos saqueos.  ¿Esto en la Argentina? ¿Porqué?”.
A la mañana siguiente Papalardo, responsable del desarrollo social de Siderca, estaba entre los dependientes que aguardaban a Paolo Rocca, presidente de Tenaris, nieto de Agostino, para el encuentro anual con el personal.  Paolo venía de Buenos Aires y pasó por la Panamericana.  Los asaltos habían dejado un espectáculo penoso.  “A ese punto nos pareció esencial proteger la comunidad que rodea nuestra planta” -relata hoy Rocca– “era un deber para una empresa como la nuestra, con una perspectiva global que la salvaba de ese contexto dramático”. Nació el Plan Alentar, que en español significa “infundir confianza”, un programa de desarrollo social y económico que aún hoy ve mancomunados en las obras a Siderca, el Municipio, las entidades públicas, las pequeñas y medianas empresas (Pyme), y las ONG.
Han pasado más de tres años.  Campana y sus 80 mil habitantes han reconquistado el ritmo calmado del interior de la provincia, no obstante los escasos 80 km. que los separan de Buenos Aires.  Uno que otro Fiat “añejo” circulando por el centro nos recuerdan que a pesar de todo seguimos estando en la Argentina.  Pero la ciudad es decididamente más limpia y ordenada que el promedio.  Y también aquí sopla el viento de la post-devaluación, que está favoreciendo tantos centros industriales del país, facilitando la exportación.  Campana sin embargo sigue siendo una simple comunidad de operarios, técnicos e ingenieros.  Esta vez la reactivación trae consigo un verdadero renacimiento de la ciudad.  El Plan Alentar fue el propulsor de una serie de proyectos que tocaron la salud, la educación, la asistencia a las Pyme, además de la ayuda directa a los más indigentes.
Siderca ya había intervenido antes en la vida de la comunidad, pero desde el 2002, además de aumentar las ayudas previstas (que ascienden ya a 3,3 millones de dólares al año), le dio vida a un plan global y estructurado.  “Desde el inicio, aún en plena crisis, quisimos evitar el asistencialismo puro, a la argentina”, recuerda Papalardo, coordinador de estas intervenciones.  “No queríamos dar simplemente el dinero, sino proporcionar también nuestro know how.  Y controlar que las utilizaciones se llevaran a cabo con la mayor transparencia”.  En suma, evitando la “acostumbrada” corrupción.
El Hospital Municipal San José es un buen ejemplo de lo ocurrido.  Tiene una fachada nueva en ladrillos vistos rojos y, en su interior, consultorios que podrían darle envidia a los mejores hospitales italianos.  “En la Argentina los políticos consideran en general que aliarse con los privados no los favorece desde el punto de vista electoral” –subraya el intendente Jorge Rubén Varela-, “yo pienso en forma distinta”.  Peronista, muestra con orgullo una foto con el presidente Kirchner. Si se pone el dedo en la llaga del asistencialismo que a la Argentina, desde Perón hasta nuestros días, le gustó siempre tanto, rebate que “para ayudar ciertas franjas marginadas de la población, imposibles de insertar rápidamente en el mercado laboral, no hay otras alternativas más que la distribución de subvenciones y de alimentos”.  Él, sin embargo, fue más lejos.  Y ahora el Plan Alentar se está convirtiendo en la base de una agencia de desarrollo de gestión público/privada, primer caso en la Argentina.  Mientras tanto la tasa de desocupación desde el 23% del 2001 ha bajado al 7-8%, y desde el año pasado se han concretado nuevas inversiones extranjeras, por parte de Esso, Petrobras y de la italiana Erc (componentes de iluminación).  Vienen de toda la Argentina para estudiar el “milagro” Campana  ¿Modelo repetible? “Si existieran grandes industrias locales o un conjunto de Pymes realmente estructurado” –precisa Rocca-, “y éste no es siempre el caso en la Argentina”.
Ahí está, por fin, la fábrica de los Rocca.  Una acería extrañamente limpia, con praditos a la inglesa.  Se trabaja siete días sobre siete, 24 horas sobre 24.  “Nuestros principales mercados, en particular el petrolero, están yendo muy bien”, observa Walter Scomazzón, responsable de la calidad.  En el 2004 la planta generó 855 mil tubos sin costura (récord histórico), la gran especialidad de Siderca y de toda Tenaris.  En el centro interno de investigaciones se desarrollan nuevos productos, que son luego fabricados en las subsidiarias del grupo en todo el mundo.  Los dependientes de Siderca son 4.300, el doble que en 1998.  “En ese entonces atravesamos una fuerte crisis: el establecimiento funcionaba al 50 por ciento.  Pero a fines del 2001, en el momento de la debacle argentina, estábamos ya al 80 por ciento.  El destino de la fábrica está ligado a los mercados internacionales, no a la Argentina”, agrega Scomazzón.  Por otra parte “el abandono de la paridad entre el dólar y el peso representó una ventaja adicional para nosotros, pero no ha sido fundamental”.  La devaluación fue en cambio decisiva para el amplio tejido local de pequeñas y medianas empresas proveedoras de Tenaris y de otros grupos internacionales.  Tal como Titania, que fabrica cilindros de laminación y otro herramental para la siderurgia.  “Nos hemos vuelto nuevamente competitivos, sobre todo en el exterior, donde ya vendemos el 70% de nuestra producción”, recuerda Norberto Rivero, vicepresidente.  El “salto” no fue automático.  En ese pasaje entre el 2001 y el 2002, no obstante la recuperación de costos más “humanos”, no fue para nada fácil.  “Nos llamaban los clientes norteamericanos y europeos y nos preguntaban: ¿pero cómo hacen para trabajar?’” –concluye Rivero- “nosotros los tranquilizábamos.  El problema era que, a un cierto punto, no podíamos recibir pagos en dólares desde el exterior.  Algunos nos mandaban el dinero al contado por carta.  Cosa de locos”.
Campana no es sólo un conglomerado industrial.  Es también una ciudad llena de árboles.  En el 2004, con la financiación de Siderca, fueron plantados más de 2 mil.  “Ya desde 1989, en tiempos de otra gran crisis argentina, la de la hiperinflación, la empresa había puesto en marcha un programa llamado Campana Verde, que promueve el cultivo de huertas en la ciudad” –recuerda Silvana Bergonzi, milanesa, del sector Desarrollo Social de Siderca- “Proveemos gratuitamente semillas, herramientas y asistencia técnica.  Estamos ya en los 600 mil kilos de fruta y verdura producidos al año”.
La idea le hubiera gustado a Agustín Rocca.  Amaba decir: “ayudemos a quien se ayuda”,  una especie de himno contra el asistencialismo puro.  Quiso que lo sepultaran en el cementerio de Campana.  Otra de sus frases célebres: “mi madre es Italia, mi esposa la Argentina”.

La ciudad del acero, milagro argentino
El conglomerado de Campana ha dejado la crisis a sus espaldas:  parte de una realidad que, fuera de Buenos Aires, planea la reactivación.
Buenos Aires.  Cuando, después de la gran crisis del 2001/2002, la economía argentina comenzó a recuperarse, se habló de un simple rebote.  Luego, sin embargo, la reactivación fue confirmada, con índices sostenidos, durante dos años consecutivos (+8,8% en 2003 y + 9% en 2004).
Y la Argentina, a pesar de tantas predicciones pesimistas, continúa avanzando también en estos meses: las estimaciones más prudentes (Banco Central) indican para fin de año el PBI con un aumento del 6,5/7 por ciento.  Y todo esto mientras Buenos Aires ha liquidado la cuestión de los bonos del modo más ventajoso para sí, pero desacreditándose al mismo tiempo a nivel internacional (¿qué multinacional puede pensar en realizar una gran inversión en este país?) y mientras el Gobierno Kirchner lleva adelante una política económica más o menos esquizofrénica, con tonos agresivos hacia las empresas extranjeras locales (véase la invitación a boicotear las estaciones de servicio Shell, después que ese grupo había decidido un aumento del precio de la nafta). Pero entonces, ¿cómo puede continuar la reactivación?  ¿Donde está la Argentina “que funciona”?
Una Argentina que funciona existe.  Son islas de primer mundo, más o menos amplias, que muestran lo que podría ser este país sin las derivas y el clientelismo político de siempre. Es una Argentina a menudo alejada de Buenos Aires: si los años ’90 vieron el protagonismo de la capital, la reactivación posterior a la crisis tuvo comienzo en cambio en la provincia, y allí se está consolidando, gracias al boom de la agricultura y a la recuperación de muchas actividades industriales, favorecidas por un peso débil en comparación con el dólar y el euro.  Muchos economistas y sociólogos argentinos hablan concretamente de una revancha de la provincia.
En la Argentina existe un antes y un después de aquel 20 de diciembre de 2001; para todos y dondequiera.  Hasta en Campana, capital del acero, que se desarrolló alrededor de Siderca, del Grupo Tenaris, el de la familia Rocca.  El fundador, Agostino, puso la primera piedra del establecimiento hace cincuenta años.  Nació una suerte de Ivrea de Adriano Olivetti en versión argentina, con escuelas y casas financiadas por la empresa “mamá”, un modo ilustrado de encarar empresas para algunos, tal vez demasiado paternalista para otros.  Pero esa noche entre el 19 y 20 de diciembre de 2001 fue terrible también aquí, como en todo el país, presa de una revuelta popular, con los supermercados tomados por asalto por los indigentes.  Ocurrió también en el tramo de la Panamericana que va de Buenos Aires a Campana.  César Papalardo, 53 años vividos entre estas casitas, estas avenidas arboladas, no podía dar crédito a sus ojos.  “Fui a ver esos saqueos.  ¿Esto en la Argentina? ¿Porqué?”.
A la mañana siguiente Papalardo, responsable del desarrollo social de Siderca, estaba entre los dependientes que aguardaban a Paolo Rocca, presidente de Tenaris, nieto de Agostino, para el encuentro anual con el personal.  Paolo venía de Buenos Aires y pasó por la Panamericana.  Los asaltos habían dejado un espectáculo penoso.  “A ese punto nos pareció esencial proteger la comunidad que rodea nuestra planta” -relata hoy Rocca– “era un deber para una empresa como la nuestra, con una perspectiva global que la salvaba de ese contexto dramático”. Nació el Plan Alentar, que en español significa “infundir confianza”, un programa de desarrollo social y económico que aún hoy ve mancomunados en las obras a Siderca, el Municipio, las entidades públicas, las pequeñas y medianas empresas (Pyme), y las ONG.
Han pasado más de tres años.  Campana y sus 80 mil habitantes han reconquistado el ritmo calmado del interior de la provincia, no obstante los escasos 80 km. que los separan de Buenos Aires.  Uno que otro Fiat “añejo” circulando por el centro nos recuerdan que a pesar de todo seguimos estando en la Argentina.  Pero la ciudad es decididamente más limpia y ordenada que el promedio.  Y también aquí sopla el viento de la post-devaluación, que está favoreciendo tantos centros industriales del país, facilitando la exportación.  Campana sin embargo sigue siendo una simple comunidad de operarios, técnicos e ingenieros.  Esta vez la reactivación trae consigo un verdadero renacimiento de la ciudad.  El Plan Alentar fue el propulsor de una serie de proyectos que tocaron la salud, la educación, la asistencia a las Pyme, además de la ayuda directa a los más indigentes.
Siderca ya había intervenido antes en la vida de la comunidad, pero desde el 2002, además de aumentar las ayudas previstas (que ascienden ya a 3,3 millones de dólares al año), le dio vida a un plan global y estructurado.  “Desde el inicio, aún en plena crisis, quisimos evitar el asistencialismo puro, a la argentina”, recuerda Papalardo, coordinador de estas intervenciones.  “No queríamos dar simplemente el dinero, sino proporcionar también nuestro know how.  Y controlar que las utilizaciones se llevaran a cabo con la mayor transparencia”.  En suma, evitando la “acostumbrada” corrupción.
El Hospital Municipal San José es un buen ejemplo de lo ocurrido.  Tiene una fachada nueva en ladrillos vistos rojos y, en su interior, consultorios que podrían darle envidia a los mejores hospitales italianos.  “En la Argentina los políticos consideran en general que aliarse con los privados no los favorece desde el punto de vista electoral” –subraya el intendente Jorge Rubén Varela-, “yo pienso en forma distinta”.  Peronista, muestra con orgullo una foto con el presidente Kirchner. Si se pone el dedo en la llaga del asistencialismo que a la Argentina, desde Perón hasta nuestros días, le gustó siempre tanto, rebate que “para ayudar ciertas franjas marginadas de la población, imposibles de insertar rápidamente en el mercado laboral, no hay otras alternativas más que la distribución de subvenciones y de alimentos”.  Él, sin embargo, fue más lejos.  Y ahora el Plan Alentar se está convirtiendo en la base de una agencia de desarrollo de gestión público/privada, primer caso en la Argentina.  Mientras tanto la tasa de desocupación desde el 23% del 2001 ha bajado al 7-8%, y desde el año pasado se han concretado nuevas inversiones extranjeras, por parte de Esso, Petrobras y de la italiana Erc (componentes de iluminación).  Vienen de toda la Argentina para estudiar el “milagro” Campana  ¿Modelo repetible? “Si existieran grandes industrias locales o un conjunto de Pymes realmente estructurado” –precisa Rocca-, “y éste no es siempre el caso en la Argentina”.
Ahí está, por fin, la fábrica de los Rocca.  Una acería extrañamente limpia, con praditos a la inglesa.  Se trabaja siete días sobre siete, 24 horas sobre 24.  “Nuestros principales mercados, en particular el petrolero, están yendo muy bien”, observa Walter Scomazzón, responsable de la calidad.  En el 2004 la planta generó 855 mil tubos sin costura (récord histórico), la gran especialidad de Siderca y de toda Tenaris.  En el centro interno de investigaciones se desarrollan nuevos productos, que son luego fabricados en las subsidiarias del grupo en todo el mundo.  Los dependientes de Siderca son 4.300, el doble que en 1998.  “En ese entonces atravesamos una fuerte crisis: el establecimiento funcionaba al 50 por ciento.  Pero a fines del 2001, en el momento de la debacle argentina, estábamos ya al 80 por ciento.  El destino de la fábrica está ligado a los mercados internacionales, no a la Argentina”, agrega Scomazzón.  Por otra parte “el abandono de la paridad entre el dólar y el peso representó una ventaja adicional para nosotros, pero no ha sido fundamental”.  La devaluación fue en cambio decisiva para el amplio tejido local de pequeñas y medianas empresas proveedoras de Tenaris y de otros grupos internacionales.  Tal como Titania, que fabrica cilindros de laminación y otro herramental para la siderurgia.  “Nos hemos vuelto nuevamente competitivos, sobre todo en el exterior, donde ya vendemos el 70% de nuestra producción”, recuerda Norberto Rivero, vicepresidente.  El “salto” no fue automático.  En ese pasaje entre el 2001 y el 2002, no obstante la recuperación de costos más “humanos”, no fue para nada fácil.  “Nos llamaban los clientes norteamericanos y europeos y nos preguntaban: ¿pero cómo hacen para trabajar?’” –concluye Rivero- “nosotros los tranquilizábamos.  El problema era que, a un cierto punto, no podíamos recibir pagos en dólares desde el exterior.  Algunos nos mandaban el dinero al contado por carta.  Cosa de locos”.
Campana no es sólo un conglomerado industrial.  Es también una ciudad llena de árboles.  En el 2004, con la financiación de Siderca, fueron plantados más de 2 mil.  “Ya desde 1989, en tiempos de otra gran crisis argentina, la de la hiperinflación, la empresa había puesto en marcha un programa llamado Campana Verde, que promueve el cultivo de huertas en la ciudad” –recuerda Silvana Bergonzi, milanesa, del sector Desarrollo Social de Siderca- “Proveemos gratuitamente semillas, herramientas y asistencia técnica.  Estamos ya en los 600 mil kilos de fruta y verdura producidos al año”.
La idea le hubiera gustado a Agustín Rocca.  Amaba decir: “ayudemos a quien se ayuda”,  una especie de himno contra el asistencialismo puro.  Quiso que lo sepultaran en el cementerio de Campana.  Otra de sus frases célebres: “mi madre es Italia, mi esposa la Argentina”.